viernes, 29 de diciembre de 2006

 Hoy, en medio del caos de mi habitación y acomodando un poco mis diarios antiguos, me tropecé con una divina frase de Neruda. Como todas las de él: “Es tan corto el amor y es tan largo el olvido.”

Entonces me pregunté: ¿es posible olvidar a quien amaste alguna vez?

Alguien comentó que, en efecto, si logras olvidar a esa persona, muy probablemente nunca la amaste.

Ahora me pregunto —como siempre, en un grosero delirio egocéntrico— ¿para quién seré inolvidable yo?

martes, 3 de octubre de 2006

Beautiful Mind

¿Se puede estar tan contenta solo porque dieron en la televisión una película que ya viste cientos de veces?

Sí.

Absolutamente sí.

Amo A Beautiful Mind. Es una película que me toca de una forma que no sé explicar del todo.

Me hace pensar (porque yo pienso, y mucho, ja ja ja) en cómo la mente construye sus propios sistemas para sobrevivir.

Pero sobre todo en esto: que lo que nos salva muchas veces, es la disciplina.

Cuando Nash, al final de la película, dice: “He decidido dejar de alimentar ciertos apetitos”, deja claro que tuvo que aprender a observar lo que ocurría en su mente y elegir qué sostener y que no.

Su apetito por los patrones. Su apetito por las alucinaciones. Su apetito por los sueños y la imaginación.

No es solo una frase, es su forma de supervivencia.

Hay ideas que crecen si uno las repite demasiado.

Hay obsesiones que se vuelven más grandes cuanto más las miramos.

Hay pensamientos que empiezan a ocuparlo todo.

Y entonces me pregunto: ¿Qué es lo que estoy manteniendo vivo dentro de mí?

Tal vez aprender a pensar sea aprender a poner límites dentro de la propia mente.


miércoles, 22 de febrero de 2006

He terminado finalmente la mudanza

He terminado finalmente la mudanza,

y leyendo los desvelos de una niña triste,

he caído en la cuenta de que se me quedaron

muchas cosas atrás.

El resto lo traje conmigo en una desgastada

caja de cartón color violeta,

custodia silenciosa de mis viejos diarios,

repleta de páginas que alguna vez llamé recuerdos.

Es curioso que los objetos sobrevivieran al viaje

mejor que algunas emociones.

Algunos todavía con etiquetas y nombres

escritos con marcador indeleble

(como si alguien hubiera temido perderlos),

aún siguen guardando silenciosamente

fragmentos de una vida que ya no existe.

Los objetos llegaron, si, 

pero el peso de lo que sentía entonces,

la tristeza pegada a las cosas,

los anhelos y sueños de cada día,

se perdieron tras el cambio de domicilio,

se quedaron en la Ruta Nacional 34, y tienen frío.

Años aquí… ¿he terminado finalmente la mudanza?

¿O será que es mentira y en realidad nunca me fui?

¿Todo ha vuelto a la normalidad?

¿Estoy por fin en mi hogar?

Los objetos están aquí, completos.

Pero yo no sé si llegué del todo;

algo de mí parece haberse quedado en el camino.

Leo y sigo leyendo lo que puse de mí en un papel,

y no puedo reconocerme en el tiempo,

ni terminar de reconocer mi propia letra.

¿Qué es esta forma extraña de no reconocerse en lo que uno fue?

¿De verdad yo sentía todo esto con tanta intensidad?

¿Podría deshacerme de estos objetos sin perderme a mí misma?

¿Me hacen falta?

No.

¿Me harán falta?

No lo sé.

Quizá como inspiración.

La melancolía y la nostalgia han sido

desde siempre mis musas más frecuentes.

Leo y sigo leyendo.

Y no sé en qué momento,

dejé de reconocerme en estas palabras.

¿Entonces qué queda de mí?

¿Dónde estoy yo en todo lo que escribí?

No lo sé.

Y en esa duda, la caja violeta se abre de nuevo

y me entrega otro diario,

y mientras lo leo, descubro que esas palabras

parecen estar en boca de otra persona,

que encarnan sensaciones

que alguna vez consideré exclusivamente mías,

pero que, a pesar de no haber pasado tanto tiempo,

hoy me resultan lejanas.

Entonces aparece una media sonrisa,

mitad risa, mitad ironía.

La sonrisa sin risa.

La sonrisa con sabor a sarcasmo.

La de quien reconoce sus propias huellas y, sin embargo,

ya no termina de reconocerse en ellas.

Quizá el hogar sea esto: leerse a uno mismo

sin terminar de reconocerse.