miércoles, 22 de febrero de 2006

He terminado finalmente la mudanza

He terminado finalmente la mudanza,

y leyendo los desvelos de una niña triste,

he caído en la cuenta de que se me quedaron

muchas cosas atrás.

El resto lo traje conmigo en una desgastada

caja de cartón color violeta,

custodia silenciosa de mis viejos diarios,

repleta de páginas que alguna vez llamé recuerdos.

Es curioso que los objetos sobrevivieran al viaje

mejor que algunas emociones.

Algunos todavía con etiquetas y nombres

escritos con marcador indeleble

(como si alguien hubiera temido perderlos),

aún siguen guardando silenciosamente

fragmentos de una vida que ya no existe.

Los objetos llegaron, si, 

pero el peso de lo que sentía entonces,

la tristeza pegada a las cosas,

los anhelos y sueños de cada día,

se perdieron tras el cambio de domicilio,

se quedaron en la Ruta Nacional 34, y tienen frío.

Años aquí… ¿he terminado finalmente la mudanza?

¿O será que es mentira y en realidad nunca me fui?

¿Todo ha vuelto a la normalidad?

¿Estoy por fin en mi hogar?

Los objetos están aquí, completos.

Pero yo no sé si llegué del todo;

algo de mí parece haberse quedado en el camino.

Leo y sigo leyendo lo que puse de mí en un papel,

y no puedo reconocerme en el tiempo,

ni terminar de reconocer mi propia letra.

¿Qué es esta forma extraña de no reconocerse en lo que uno fue?

¿De verdad yo sentía todo esto con tanta intensidad?

¿Podría deshacerme de estos objetos sin perderme a mí misma?

¿Me hacen falta?

No.

¿Me harán falta?

No lo sé.

Quizá como inspiración.

La melancolía y la nostalgia han sido

desde siempre mis musas más frecuentes.

Leo y sigo leyendo.

Y no sé en qué momento,

dejé de reconocerme en estas palabras.

¿Entonces qué queda de mí?

¿Dónde estoy yo en todo lo que escribí?

No lo sé.

Y en esa duda, la caja violeta se abre de nuevo

y me entrega otro diario,

y mientras lo leo, descubro que esas palabras

parecen estar en boca de otra persona,

que encarnan sensaciones

que alguna vez consideré exclusivamente mías,

pero que, a pesar de no haber pasado tanto tiempo,

hoy me resultan lejanas.

Entonces aparece una media sonrisa,

mitad risa, mitad ironía.

La sonrisa sin risa.

La sonrisa con sabor a sarcasmo.

La de quien reconoce sus propias huellas y, sin embargo,

ya no termina de reconocerse en ellas.

Quizá el hogar sea esto: leerse a uno mismo

sin terminar de reconocerse.