lunes, 20 de abril de 2026

Supervivencia

Hace unas semanas, mi profesor de Ética Profesional Docente me preguntó, después de que yo le comentara que mi gran pasión son los libros y la literatura, cómo había pasado de ese mundo a la matemática.

Y la pregunta me quedó dando vueltas.

Porque, aunque mi primera forma de mirar el mundo vino de la mano de las ciencias duras, como la física, la química, la matemática,  siempre hubo algo que no alcanzaba. Una especie de fisura por donde se escapaba todo aquello que la estructura de las ciencias no puede nombrar: el sentido, el dolor, la desazón, la fatalidad de la vida.

Entonces vino a mi mente una frase de Sábato (mi escritor favorito) citada en Antes del fin:

“La verdadera patria del hombre no es el orbe puro que subyugó a Platón. Su verdadera patria es esta región intermedia y terrenal del alma, este desgarrado territorio en que vivimos, amamos y sufrimos… Y, en un tiempo de crisis total, sólo el arte puede expresar la angustia y la desesperación del hombre,  ya que, a diferencia de todas las demás actividades del pensamiento, es la única que capta la totalidad de su espíritu, especialmente en las grandes ficciones que logran adentrarse en el ámbito sagrado de la poesía. La creación es esa parte del sentido que hemos conquistado en tensión con la inmensidad del caos"

Quiero analizar esta frase porque además de ser profunda e impresionante, responde cabalmente a la pregunta de mi profesor.

“La verdadera patria del hombre no es el orbe puro que subyugó a Platón”.

Para empezar, ¿Cuándo Sábato nos habla de patria, a que se refiere en realidad?

En sentido clásico, patria es el lugar de origen de una persona, la tierra donde uno pertenece por nacimiento o identidad, sin embargo, aquí Sábato desplaza el sentido literal, cuando dice “patria” no está pensando en Argentina ni en ningún otro territorio.

Cuando él menciona a la verdadera patria del hombre, a lo que se refiere es al “lugar” donde pertenece realmente el ser humano, y pongo lugar entre comillas porque la respuesta no es geográfica, sino existencial, por eso él dice que es “esta región intermedia y terrenal del alma”, porque hace referencia a la experiencia humana en su totalidad, donde el hombre vive sus emociones y experimenta su condición humana completa.

El dice que es en “este desgarrado territorio en que vivimos, amamos y sufrimos” pues es en este lugar donde estamos expuestos a todo lo humano, al amor y al miedo, a las pérdidas y los deseos, a la angustia, a las lágrimas, a las risas, a los encuentros.

Ese “lugar”, reflejo de la frágil condición humana misma, es un territorio desgarrado pero nuestro, donde simplemente somos y volvemos a ser, donde podemos amar, sufrir, perder el sentido y volver a buscarlo.

Es un lugar roto e inestable, pero es el único que habitamos, el único que nos pertenece, nuestra patria, nuestro refugio, donde se manifiesta la vida en su forma más cruda.

Por eso, él, rechaza el “orbe puro” de Platón y menciona que la verdadera patria del hombre no está en ese mundo perfecto que imaginó Platón, pues en ese lugar racional y eterno, el hombre “no habita” porque no pertenece, no puede encontrar refugio en la perfección, justamente porque no es de ahí.

¿Dónde encuentra refugio entonces?

“En un tiempo de crisis total, sólo el arte puede expresar la angustia y la desesperación del hombre”

Aquí Sábato da, de algún modo, mi respuesta, solo el arte funciona como lenguaje de esa patria común. Es el arte, en mi caso, los libros, las narrativas, las poesías, las letras, los cuentos, las cartas, lo que hacen a este desgarrado territorio habitable.

Porque en crisis profundas, dicen lo que la lógica no puede, y me llegan más profundo que cualquier otra forma de pensamiento, porque a diferencia de las ciencias, no me explican la vida, me la hacen vivir entera, me la devuelven en toda su intensidad, incluso cuando duele, y me hacen más habitable, más llevadera y disfrutable mi propia existencia.

Leer, escribir, amar, pensar, hacer arte, son formas de no desaparecer dentro del ruido, me permiten arrancarle sentido al caos, son básicamente supervivencia.

viernes, 3 de abril de 2026

Microexpresiones

Tengo una especie de problema, o habilidad, todavía no lo decido: noto cosas en los rostros de las personas que, en teoría, no deberían notarse.

En el cine, esto es perfecto, porque es justamente lo que me atrapa. En cambio, las historias, en el fondo, ya no me sorprenden tanto, porque parecen repetir las mismas estructuras con pequeñas variaciones y aunque cambien los actores, los escenarios, los colores, repiten los mismos patrones. Tampoco me impresionan las explosiones, ni los giros dramáticos, ni los efectos especiales. Todo eso me resulta reemplazable. Sin embargo, hay algo que sí me atrapa: los rostros.

Las microexpresiones. Los gestos mínimos. Ese instante fugaz en el que algo verdadero se filtra antes de que la persona pueda controlarlo. Ahí, en ese descuido casi invisible, es donde siento que realmente pasa algo.

Descubrí que soy muy sensible a eso. Capto matices que muchas veces pasan desapercibidos. Esas expresiones que duran una fracción de segundo, que son involuntarias, que no deberían “verse”… pero se ven y aunque en el cine es genial y disfrutable, en la vida diaria me incomoda.

Porque en la vida real no es lo mismo, no es un actor interpretando algo para ser observado. Es una persona que, en teoría, no quiso mostrar eso, y cuando lo veo, siento que estoy cruzando un límite invisible, como si estuviera mirando algo íntimo que no me corresponde.

Me pasa incluso en conversaciones cotidianas. Mantengo contacto visual, pero es un poco falso. En realidad, desenfoco la mirada y veo borroso. Escucho la voz, pero evito registrar los detalles del rostro. Es una forma de protegerme de esa incomodidad que termina en una especie de culpa extraña, como si estuviera siendo voyeurista.

En cambio, en el cine, todo esto cambia, puedo mirar sin culpa y observar cada microgesto, cada tensión en el rostro, cada emoción contenida, y hasta analizarla, porque los actores están ahí para eso, para ser vistos.  Nadie está siendo descubierto por accidente. Todo lo que aparece en ese rostro, incluso lo más sutil, forma parte de algo que quiso ser mostrado. 

Por eso el cine se vuelve un placer, un espacio seguro donde puedo hacer lo que afuera me incomoda: mirar de verdad.