Valeria no podía ver al Hombre Gris, pero él sí podía verla a ella. ¡Y era tan extraña ante los ojos del Hombre Gris!
—¿Cómo se puede vivir en blanco y negro? —se preguntaba.
Y la curiosidad lo llevaba a seguirla, para ver cómo era esa vida sin matices.
Aunque, cuando notaba que ella lo percibía, él se asustaba.
Si Valeria descubría que la seguía, lo odiaría para siempre, y él no quería ser odiado incondicionalmente.
Solo quería acompañarla para poder experimentar, por una vez, la fuerza del negro, la claridad del blanco, la armonía de dos colores desnudos de matices.
Porque en la vida de un Hombre Gris jamás había dos colores puros. Siempre las cosas eran términos medios.
Así… Él nunca había amado incondicionalmente, nunca había odiado hasta matar, nunca había llorado hasta ahogarse.
Y mientras más miraba a Valeria, más deseaba sumergirse en ese mundo, sentir sus límites, vivir con intensidad. Pero temía manifestarse.
Valeria se enojaba con mucha facilidad, y sus enojos eran como huracanes. Aunque a veces la veía sumergida en ternura, siendo tan dulce, y entonces deseaba dejarse ver.
Deseaba sentir por primera vez en la vida un amor puro como el blanco, sin ninguna manchita oscura, sin una pizca de mezquindad, y deseaba vivir una pasión como el negro, infinita y total, que lo arrastrara sin retorno.
Pero aunque permanecía cerca, como una sombra constante, como un latido oculto, como una huella invisible, su existencia seguía siendo gris, invisible para Valeria, porque ¿no era acaso su naturaleza gris? ¿No esperaba en vano si ella nunca lo vería?
Y así pasaban los días para el Hombre Gris, sin darse cuenta que los matices de su amor lo iban transformando: del gris medio pasó al gris perla, el gris perla se volvió un gris plata, el gris plata se diluyó a gris humo, y así, mientras más la amaba, más se acercaba al blanco…
Hasta que un día, mientras la contemplaba… ¡Valeria lo vio!
domingo, 31 de enero de 2010
VALERIA Y EL HOMBRE GRIS – Parte 3
miércoles, 27 de enero de 2010
VALERIA Y EL HOMBRE GRIS – Parte 2
Se puede vivir en blanco y negro: Casablanca es la prueba.
Valeria pasaba sus días así, viviendo en blanco y negro… hasta que un día llegó a su vida el Hombre Gris, y Valeria no pudo verlo. ¡Él era tan gris!
¡Era tan extraño el Hombre Gris!
Podía amar un poquito a quien se portaba bien con él, o con más intensidad a quien lo amara más.
Podía disgustarse solo un poquito ante algún contratiempo, o angustiarse apenas un momento y volver a la vida normal.
Podía incluso manejar las más extrañas tonalidades: querer a alguien que merecía ser odiado, o sonreír ante un día que solo merecía ser borrado.
Y aunque Valeria no podía verlo, la presencia de aquel extraño se hacía evidente en cualquier lugar.
Al igual que la gravedad, él deformaba el espacio-tiempo a su alrededor.
La silla parecía ocupada, la cama parecía compartida y la puerta parecía entreabierta,
como si alguien hubiera pasado sin dejar huella.
Y aquel efecto se hacía extensivo a sus emociones.
No lo veía, pero su ánimo cambiaba: la tristeza era más ligera, la desesperación se volvía calma, la manía mutaba en una risa tenue y pasajera.
Ya no se enojaba hasta lastimarse, no pensaba en la muerte con furia ni se desbordaba en euforia.
Él marcaba un compás sereno donde antes había desorden, como si modulase sus emociones con un dial invisible.
Sentía su presencia y se desconcertaba.
Pasaba noches en vela pensando quién estaba allí.
Comenzaba a sentirse terriblemente contrariada ante aquella presencia que no se revelaba.
Pero también se sentía acompañada, porque percibía que él siempre estaba allí…
Pasaba noches en vela pensando quién estaba a su lado, aunque no pudiera verlo.
Pasaba noches en vela pensando quién habitaba su mundo en silencio.
martes, 26 de enero de 2010
VALERIA Y EL HOMBRE GRIS (parte 1)
Valeria odiaba el gris, lo odiaba con todo su ser.
Nunca vestía de gris, no había cortinas grises en su casa, tampoco sábanas, ni mantas, ni carteras, ni zapatillas, ni bolsos ni nada.
Lo odiaba desde chica, cuando se había comprado un vestido con flores y se lo mostró a su abuela.
El vestido era gris oscuro, con flores gris claro. Su abuela, desconcertada, preguntó: ¿Es para vos? ¡Cuántos años tenés, hija? ¡Ni yo usaría ese vestido!
Y allí Valeria los desechó de su vida para siempre: al vestido y al gris.
En ese entonces pensó: “Es color de abuelita.” Pero luego reflexionó: “Hasta la mía lo odia, así que ni siquiera es de cualquier abuelita… es color de abuelita aburrida.”
Y alejó el gris de su vida.
Pero había una razón más por la cual Valeria odiaba el gris: ella solo veía en blanco y negro.
No había escalas en su vida ni intermedios. No existía un “puede ser” o un “más o menos”.
Amaba con locura u odiaba con ferocidad. Era demasiado feliz o se quería suicidar.
No podía querer solo un poquito.
No podía enojarse solo un poquito.
Ni podía llorar solo dos lágrimas.
No podía entender que algo estuviera “medio mal”.
Algo servía o no servía.
Alguien se quedaba o se iba.
Lo que no era trofeo era basura.
Vivía en blanco o negro, hasta que un día…
lunes, 25 de enero de 2010
Valeria y la nuez.
Valeria odiaba la nuez.
Odiaba todas las nueces en general: desde la nuez mendocina, pasando por la nuez moscada, e incluso hasta la nuez de Adán.
Le parecían sobrevaloradas y pretenciosas, como si con solo decir “me gusta la nuez” uno adquiriera automáticamente un aire de distinción. ¿No era más accesible (y mucho más dulce) un alfajor?
Valeria amaba las cosas bellas de la vida.
Podía deleitarse contemplando el degradé rosa en la piel de un durazno, las tiernas orejitas de un cachorro o la perfecta simetría de una rosa.
Ella amaba los colores fuertes, los contrastes, la simetría, y la nuez le parecía fea y arrugada.
Es más, esa fachada seca y rugosa le recordaba a los internos de un geriátrico que visitó una vez, y nadie se deleita viendo esos rostros, ¿verdad?
Pero había más… Valeria odiaba la nuez porque ella era intensa… y la nuez estaba en el medio, como agua tibia.
Valeria vivía los extremos: le gustaban los salados bien salados y los dulces empalagosos; estaba muy gorda o muy flaca; amaba hasta los huesos u odiaba hasta morir. No paraba en todo el día o pasaba el día en la cama. Buscaba lo absoluto y despreciaba lo tibio.
Esa fruta desafiante, en cambio, no era ni dulce ni salada; era dura y a la vez blanda, y se adicionaba a las comidas en poca cantidad.
Una nuez era como un secreto mal contado: no era dulce ni salada, apenas un murmullo sin gracia, de esos que no hacen ni cosquillas.
Entonces, Valeria no podía amarla, y en su naturaleza no tenía cabida eso de gustarle algo solo un poquito.
Como los términos medios nunca los entendió, Valeria odiaba la nuez.
Como también odiaba el gris… hasta que un día…