lunes, 11 de febrero de 2019

23 - 10 - 2006

 Aún tengo presente

nuestra primera asamblea juntos.

Mi compañera de asiento

se fue a almorzar con su familia,

la mía estaba ausente,

y me quedé sin compañía.

Rodeada de voces conocidas,

de nombres que no me alcanzaban,

de gente que hablaba cerca,

haciendo ruido,

pero sin escuchar nada.

 

Sin embargo, tú estabas allí.

Tenías el ajedrez en el bolso,

tu pequeño mundo en miniatura.

Me invitaste a jugar una partida,

y en solo dos movimientos

me ganaste sin esfuerzo.

Compramos pizza con Sprite,

como si la vida fuera fácil de improvisar,

y la pizza terminó en la basura,

igual que aquello que me dejaba lejos de todo.

 

Me hiciste reír cuando estaba a punto de llorar,

y no imaginé

que sería la primera de tantas veces

en tantos años.

No sabía —claro que no—

que las cosas importantes

suelen empezar así de mal disfrazadas.

Me enseñaste que para sentarse

en las gradas hay que llevar almohadón,

y yo te enseñé que para sentarse en las sillas

es indispensable llegar temprano.

 

Han pasado ya unos cuantos años,

y en cada paso del camino

sigues sosteniendo mi mano.

Mi compañero,

mi amigo,

mi amor,

mi todo.

Aunque el mundo discuta con esas palabras,

aunque parezcan demasiado grandes.

Mi vida habría sido otra cosa sin ti:

una versión más aburrida del olvido.

Y sigo sin ganarte en ajedrez,

ni tú a despertarme temprano.