Llueve, y llueve mucho,
y salgo, como una idiota,
a mirar la lluvia desde el balcón.
No soy la única,
vecinos embelesados,
contemplan la lluvia desde sus propios balcones,
unos niños aventureros cruzan la avenida,
descalzos y riendo,
un señor, en el frente
saca su celular y filma.
¿Qué es lo que tiene la lluvia
que nos fascina a todos?
¿por qué ese fenómeno meteorológico
que se repite con frecuencia
nos cautiva tanto?
Aquí estamos.
Aquí estoy, de pie, en el exterior,
prendada de su ritmo atronador,
y de su ruido blanco,
ordenando recuerdos que viajan,
a mayor velocidad que los truenos,
transportándome mentalmente,
a otro lugar y a otro momento,
sumida en la caricia de la brisa fría,
que me salpica la cara
mientras algunas ramas,
se sacuden violentamente,
bajo esa misma fuerza mágica.
Absorta en el perfume de la tierra mojada,
en el trayecto de gotitas
que viajaron kilómetros y kilómetros
y acabaron en mi piel,
se pegaron en mi cara.
Hipnotizada observo
el 0,0004% del poder de Dios en acción.
Llamativa,
simple,
relajante,
la lluvia nos cautiva a todos.
Un suceso conocido,
pero no por eso ordinario.