Había intentado darle lugar a seres en blanco y negro. Pero cada vez que intentaba hacer sitio ocurría lo mismo: el lugar ya estaba ocupado.
Ya había alguien allí y Valeria no lo veía.
—Porque debe ser gris —pensó Valeria.
Porque ella sabía perfectamente que toda materia ocupa espacio.
Dos cuerpos no pueden ocupar el mismo lugar al mismo tiempo.
Por lo tanto, si alguien no cabía allí, era porque alguien había llegado primero.
Si alguien no conseguía instalarse en aquel inmenso rincón de su corazón (que, dicho sea de paso, era inmenso porque Valeria era incapaz de sentir poco) era porque ese lugar ya tenía dueño.
Y si ese dueño permanecía invisible para unos ojos acostumbrados al blanco y negro, entonces solo había una explicación posible: debía ser gris.
En todo eso reflexionaba mientras sentía brutales accesos de odio y excelsos derroches de amor.
Pero ¿Dónde rayos estaba el ser gris?
¿Cómo iba a verlo si era gris?
¿Cómo iba a amarlo si era gris?
Y, más inquietante aún:
¿Podría Valeria aprender a amar el gris?
Y justo cuando aquella pregunta terminó de formularse en su mente, lo vio por primera vez: el Hombre Gris estaba frente a ella.
No porque hubiera decidido mostrarse.
No porque hubiera dejado de ser quien era.
Sino porque había amado tanto, con tanta paciencia y con tanta constancia, que el gris comenzó a aclararse.
Por primera vez en su vida, aquel hombre de matices conoció un extremo. Su amor creció hasta alcanzar un blanco tan intenso que hasta Valeria, que solo conocía los extremos, al fin pudo verlo.
Y la pregunta dejó de importarle.
Porque el amor más absoluto de su vida había sido, desde el principio, un amor lleno de matices.
y porque amar a otro nos vuelve un poco menos absolutos sin quitarnos la intensidad.