No estabas.
Nunca estuviste.
Pero en mi cabeza ocupabas cada rincón.
Te hablé como si pudieras escucharme.
Te respondí como si supiera exactamente qué dirías.
Inventé gestos, silencios, sonrisas.
Por un rato, dejé de extrañarte porque te sentía conmigo.
Después la conversación terminó.
Y el golpe de volver a la realidad fue recordar
que había pasado toda una tarde acompañada
por alguien que solo existía en mi imaginación.
Hoy descubrí que una persona puede estar ausente y, aun así,
ocupar una tarde entera.