Cuando veo gente que va a la guardia por solo dolor de garganta, siento envidia.
Literalmente.
Las
veces que estuve allí siempre fue con dolor.
Un
dolor inmenso.
Pero
no de garganta, sino del alma.
El
dolor que solo podés sentir al ver a un ser querido apagándose.
El
dolor que no se va ni con pastillas, ni con inyectables ni con nada.
El
que solo va a remitir cuando todo se apague y comience el olvido.