Intento estar bien.
Hago como si no pasara nada.
Pero pasa.
Me duele ser siempre la que quiere de más.
Parece que nunca aprendí a querer de menos.
Me duele ocupar siempre el último lugar,
si es que llego a ocupar alguno.
Me cansa recoger los pedazos,
solo para escuchar otra vez,
el ruido de la caída.
Me cansa cicatrizar
solo para descubrir
que la herida sabía exactamente
dónde volver a abrirse.
Y ahora una canción suena en la radio
y me agudiza todo.
La música tiene sus efectos secundarios.
Me duele el corazón.
Y pienso que eso del corazón roto
no puede ser solo una frase bonita de los poetas.
No. No es metáfora. Es verdad.
Porque duele.
Como una cardiopatía.
Vacío.
Peso.
Opresión.
Acá, en el pecho,
un poco hacia la izquierda.
Se lo diría al médico y él preguntaría:
—¿Hay antecedentes?
Y yo, sin pensar en el marcapasos de mi madre respondería:
—¿Quién no los tiene, doctor?
¿Usted conoce a alguien
que no lleve el corazón un poco roto?
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