Querida mía:
Te quiero desde que entraste en mi vida. Mi prima de una realidad alternativa. Mi hermana de la facultad. Todavía me acuerdo de cuando nos vestíamos igual y siempre nos hacían la misma pregunta.
Fuiste mi cómplice en las alegrías y en las tristezas. Fuiste la más valiente, la más decidida y la más segura de las tres.
Bellota era la muñequita que llevabas en la moto, pero creo que, en el fondo, eras vos la que tenía súper poderes.
No hay obstáculo que no hayas intentado superar. Nunca te rendiste. Lograste cosas que para mí habrían parecido imposibles. Aún recuerdo que cursabas la carrera y, al mismo tiempo, te hacías cargo de tu papá: hacías trámites, ibas al médico, organizabas todo y lo acompañabas durante esas largas horas de tratamiento.
No sé de dónde sacabas tanta fuerza, pero siempre encontrabas la manera de estar al otro día en clase. (Tarde, pero presente).
Pasamos juntas por tantas cosas, algunas que todavía duelen demasiado. Pero nunca bajaste los brazos ni me dejaste bajarlos a mí.
Todavía puedo verte en aquellas noches en que ibas conmigo al hospital: decidida, negociando con el guardia, entrando a escondidas o tirando piedras a una ventana para que mi papá supiera que estábamos ahí. De alguna manera, lograbas convertir esas corridas de último momento, cargadas de preocupación y cansancio, en algo casi cinematográfico y profundamente tierno.
Yo estaba muerta de miedo. No creía que mi papá superaría el cáncer; no creía en nada en ese momento. Pero vos encontrabas la forma de hacerme reír con tus ocurrencias, tan descabelladas como funcionales.
Tenías esa extraña capacidad de volver divertidos incluso los momentos más difíciles. Un día me hiciste entrar por la morgue y ese día supe que eras invencible: vos nunca aceptabas un "no", ni siquiera del destino.
Yo nunca fui la mejor acompañante, pero por vos iba hasta Nefrología para saber cómo estaba tu papá y hacerte el aguante durante las horas que duraba la diálisis. Recuerdo que nos dejaban pasar a una sala donde había una mesa, y nos quedábamos estudiando mientras esperábamos que terminara el tratamiento.
Gracias por retarme todas las veces que hacía falta... y también algunas que no, pero esas te las perdono. Ja, ja, ja.
Gracias por no dejarme hacer más tonterías de las necesarias. Como buena amiga, siempre me apoyaste en todo, excepto en aquello que sabías que iba a hacerme daño.
Siempre me decías que no llorara porque te iba a hacer llorar a vos, pero nunca pude mantenerme fría, y terminábamos llorando las dos.
Yo era la nerd del grupo, pero vos eras experta en sobrevivir a cualquier examen. Hacías magia con lo justo, te inventabas respuestas cuando no sabías las preguntas y, aun así, aprobabas siempre. Todavía sospecho que tenías algún pacto secreto con la suerte. Esa capacidad de salir airosa, improvisar y resolver te llevó lejos en la vida.
Todavía te escucho cantando (a los enanitos verdes ¡ja!) en esas largas (muy largas) noches en las que estudiábamos hasta que amanecía, manteniéndonos despiertas a base de mates y Coca-Cola. Vos me obligabas a tomar mate aunque no me gustara, me dabas caramelos antes de cada parcial y actuabas como si aprobar fuera lo más natural del mundo. Y quizás por eso, porque tu calma siempre compensaba mi ansiedad, terminaba creyéndote.
Y aunque me hacías llegar tarde a todos lados, te dormías en el cine, vetabas a cualquier chico que quisiera sumarse a nuestro grupo de estudio y me obligabas a sentarme a estudiar cuando no tenía ninguna intención de hacerlo, te quiero un montón.
No sos una persona de grandes discursos; siempre fuiste de hechos más que de palabras. Yo, en cambio, era la de los abrazos y las cartas interminables, y creo que tal vez por eso fuimos tan buenas compañeras: cada una llevaba lo que a la otra le faltaba.
Aunque nuestras vidas hayan tomado caminos diferentes, todo lo que vivimos juntas no se puede borrar. Hay personas que pasan por nuestra vida y otras que se quedan para siempre en la historia de quienes somos. Vos sos una de esas personas para mí.
Te quiero tres millones. Tenía que decirlo porque soy empalagosa y cursi, como vos decís. Y sé que ahora, mientras leés esto, te estás riendo de mí. Pero no me importa, porque yo te quiero igual, malvada.
Te quiero.
Valeria
No hay comentarios:
Publicar un comentario