Me pasa algo raro con el cine: siento que ya lo vi todo.
He visto tantas
películas que las historias ya no me sorprenden; mi capacidad de sorprenderme y
disfrutar una película está gastada. Empiezo a reconocer patrones y estructuras
que ya vi antes. Es como si mi cabeza se adelantara todo el tiempo a lo que va
a pasar.
Por ejemplo, si una película presenta un
encuadre original, lo disfruto, pero ya cuando lo veo en otra, recuerdo el
anterior y no me sorprende nada; de hecho, solo aumenta mi sensación de “esto
ya lo vi antes”.
Hay encuadres que fueron muy originales, como en Terminator 2: el encuadre que muestra la visión del Terminator, la interfaz en pantalla mostrando los datos y objetivos. Fue novedoso, pero después mil películas copiaron la visión digital, tanto que hoy lo ves y decís: otra vez lo mismo.
También está el encuadre con el personaje caminando entre llamas, que fue innovador en su tiempo, pero después se volvió un cliché del personaje de acción imparable.
O cuando hay un encuadre de alguien apuntándote con un arma: la cámara baja, el arma en primer plano; la primera vez llama la atención, pero después te das cuenta de que es un recurso típico en acción. La forma en que la cámara muestra las cosas se repite, y cuando ya viste ese recurso muchas veces, deja de sorprenderte porque ya sabés qué emoción quiere generar.
Igual pasa en las películas románticas: hay encuadres que se repiten, como las miradas por la ventana o los besos bajo la lluvia. Al principio funcionan, pero después dejan de sorprender.
Incluso las secuencias se repiten. Por ejemplo, la secuencia de persecución de Trinity en moto, de Matrix, fue muy original cuando salió, pero después muchas películas empezaron a hacer persecuciones muy parecidas, con la misma estructura y los mismos momentos: persecución en autopista, motos esquivando autos, tráfico en contra, cortes rápidos.
Entonces, aunque no sea la misma escena, yo ya reconozco el patrón y pierde el impacto. Aun si no la copian plano por plano, pero sí el estilo: varias de Misión Imposible tenían a Tom Cruise siendo perseguido así en moto, y cuando lo vi, siempre pensé en Trinity.
Una vez que algo es original, varias veces ya me aburre, y lo único que puede salvarlo es la actuación. Por eso, para poder disfrutar del cine, me concentro en la actuación: ya no me importa tanto la historia porque seguro ya la vi antes o ya sé para dónde va, tampoco me importan las escenas de acción o los efectos especiales, pero los detalles de actuación, las microexpresiones y la psicología de los personajes sí me entretienen.
Ver los rostros de los actores y lo que ocurre en ellos me parece más entretenido que cualquier explosión o efecto especial.
Me di cuenta de que soy muy buena captando
microexpresiones y matices que otros no ven. Cuando hablo de microexpresiones,
me refiero a esos gestos con el rostro que son rápidos y, la mayoría de las
veces, involuntarios, porque se supone que las personas no pueden controlarlos
y duran una fracción de segundo. Joaquín Phoenix hace muchas, por eso me parece
casi hipnótico verlo. En cambio, Heath Ledger no hace tantas; entonces no me
transmite tanta emoción, pero su personaje aún así está muy bien estudiado y
ejecutado.
Al final, lo que más me sigue emocionando del cine no son las historias ni los efectos espectaculares, sino los rostros de los actores. Cada microgesto, cada tensión mínima del rostro, me dice algo que ningún guion puede escribir. Ahí es donde descubro la humanidad detrás del personaje, y ahí es donde realmente me pierdo.
Aunque haya visto mil persecuciones, mil besos bajo la lluvia o mil encuadres perfectos, siempre habrá algo en la expresión de un actor que me sorprenda y me haga sentir que estoy viendo algo nuevo. Esa es la verdadera magia para mí: que, en una pantalla gigante, puedo asomarme a la psicología y a la emoción del otro, y la película se convierte en un descubrimiento íntimo e irrepetible.







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