La vi por primera vez un mañana de abril.
Yo hacía una rabieta hasta que mis ojos se posaron en ella.
Desde entonces no volví a llorar sin tener su apoyo.
Tenía cabello castaño y ojos grandes,
ojos con los que observaba todo,
ojos que lo iluminaban todo,
ojos que lo perdonaban todo.
Sus manos eran frías y delgadas,
ásperas por el trabajo constante
y capaces de realizar mil tareas.
Ella era un cúmulo de amor sin reservas.
Yo era mala, yo era buena;
fuera lo que fuera,
ella aceptaba con amor mi existencia.
Fue también en abril que nos despedimos.
Me dijo que fui el gran amor de su vida,
y supe que ella siempre será la mujer de la mía.
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