Creí que el día ya no podía empeorar.
Me equivoqué.
Cuando me cansé de llorar,
me bañé y me fui a la facultad
para levantarme un poco el ánimo.
Iba a ver la nota de Física.
Ansiaba ver mi nombre en la lista de aprobados.
Ansiaba verlo escrito en el transparente.
Pero mi nombre no estaba.
Y casi me muero. No podía ser.
Aprobar era la última esperanza de ser feliz ese día.
Y se extinguía. No sabía qué hacer.
Solo quería morirme.
Así que, llorando, me fui de la facultad.
Caminé sin rumbo.
Me sentía tan mal que pensé en suicidarme,
en dejar que un auto me atropellara,
en abrirme las venas con un cúter,
en tomarme la bencidina del frasco.
Necesitaba ver a alguien.
Alguien que me dijera que el mundo no se había terminado.
Necesitaba llorar.
Necesitaba un abrazo.
Necesitaba un amigo.
Pero Silvina seguía en Libertador.
Sandra no estaba en su casa.
La llamé al fijo. No respondió.
Le mandé mensajes, pero tampoco contestó el celular.
Hugo tampoco respondió.
Enrique ya no me habla.
Esteban está muerto.
En otro contexto, esto daría risa.
No sé cómo hice para no largarme a reír.
Supongo que ya estaba demasiado ocupada llorando.
El universo entero parecía haberse puesto de acuerdo
en dejarme sola.
Entonces fui a buscar
a la única persona que pensé que iba a encontrar.
a mi hermana.
Cuando todas mis llamadas fueron inútiles,
me fui llorando hasta su facultad.
Necesitaba que, por una vez en la vida,
se comportara como una hermana mayor.
Que me llevara a casa.
Que me dijera que todo va a estar bien.
¿y saben qué? Tampoco estaba.
Entonces pensé:
Hoy todos hicieron un pacto.
Dejemos a Valeria sola.
Hoy el mundo decidió olvidarse de mí.
Uno por uno.
Todos.
Y me quedé sola, como un perro,
en una facultad que ni siquiera era la mía.
Llorando.
Mientras algunos me miraban.
Estúpidos.
¿Nunca vieron a una persona llorar?
Subí por el ascensor.
Bajé.
Seguí llorando.
Y me senté en el tercer piso,
donde casi no había nadie.
Ahí sí lloré tranquila.
Hasta las diez me duró la fiesta.
Después tuve que irme.
Cerraban la facultad.
Yo...
y mi tristeza.
Cruzar el puente me reconfortó.
El aire fresco te ordena un poco las ideas.
Pero, a medida que me acercaba a casa,
las lágrimas volvieron.
Y pensé:
Qué sola estoy, Dios.
Después pensé:
¿Cómo voy a entrar con esta cara?
¿Qué les voy a decir a mis padres?
Los ojos rojos.
La cara hinchada.
La remera mojada de tanto llorar.
Pensé en decirles la verdad.
En abrir la puerta.
En contarles todo lo que me pasa.
Todo lo que vengo cargando.
Todo lo que nunca saben.
Todo lo que me duele.
Pensé que ya era hora
de que me entendieran sin juzgarme.
sin hablar, sin decir nada
que simplemente me abrazaran.
Pero cuando llegué a casa,
descubrí que estaba vacía.
Ni siquiera ellos estaban.
Todo estaba a oscuras.
Ni mis padres me esperaban.
Y yo, tonta, pensando
que estarían preocupados por mí.
Hoy, como nunca,
todos desaparecieron.
Todos me dejaron sola.
Y con ese pensamiento,
me venció el cansancio.
Me dormí llorando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario