jueves, 11 de junio de 2026

Reacción Reversible

Ayer volví a preguntarme por qué parece sorprender tanto el cruce entre las ciencias y la literatura. 

En la clase de Ética, el profe comentó, muy divertido, que el docente de matemática al que yo había entrevistado —un docente al que amo, de esos que uno reconoce como propios casi desde el primer encuentro y que yo reconocí como de los míos desde la primera semana en el Tello— además de ser matemático también amaba las letras y que iba a publicar un libro. 

"Es un bicho raro", dijo. La frase, más que gracia, me dio ternura, pero volvió a hacerme pensar en la misma pregunta: ¿por qué nos cuesta tanto imaginar que ambas cosas puedan convivir en una misma persona? 

Estudiar ciencias influye en la forma de pensar las imágenes y de relacionar las cosas. Estudiar física, por ejemplo, nos da una sensibilidad especial para pensar el mundo en términos de movimiento, de transformación, y nos obliga a imaginar fenómenos que no se ven directamente pero que producen efectos, y la literatura hace algo semejante con las emociones. ¿Acaso no consiste también en poner imágenes a aquello que no puede verse?¿Alguien ha visto la ternura?  ¿Qué forma tiene el rencor? ¿Cuánto pesa la nostalgia?

Entonces, así como la física nos obliga a aceptar que hay realidades que no son directamente observables, (no vemos la gravedad, pero vemos la manzana caer)  la literatura hace exactamente eso con el alma humana (no vemos el miedo, pero vemos unas manos temblando)

En mi caso particular, comprender un concepto científicamente me llevaba casi de inmediato a trasladarlo al plano emocional. Recuerdo aquellas largas tardes encerrada en mi habitación alquilada, sentada en una silla, en la más absoluta soledad, estudiando y desmenuzando cuidadosamente cada idea. La mesa desbordaba de libros y apuntes, y yo escribía hasta que el brazo derecho me ardía y tenía que detenerme unos minutos antes de volver a la carga. 

Después de pasar toda una tarde así, me daba cuenta de que realmente había entendido un concepto cuando, espontáneamente, me salía un poema, un escrito o una frase. No eran grandes cosas, pero a mí lograban emocionarme. Las anotaba en los márgenes de los apuntes o en la contratapa de mis cuadernos, intentando atraparlas antes de que desaparecieran.

Recuerdo perfectamente mi poema sobre la gaussiana, sobre los azeótropos, y hasta recuerdo los chistes que se me ocurrían a partir de conceptos químicos, chistes destinados al fracaso porque sabía perfectamente que no le harían gracia a nadie más.

Creo que esa era mi forma particular de estudiar, cuando una idea dejaba de ser únicamente una fórmula y adquiría temperatura humana, cuando podía tomarla y convertirla en algo que me hacía reír, que me hacía llorar o simplemente en algo que podía "llevarme" una vez que había cerrado los libros, despejado la mesa y apagado la luz.

Por eso considero que, al menos desde mi experiencia, no hay un "cómo pasé de una cosa a la otra", porque nunca sentí que hubiera cruzado una frontera; más bien, siempre caminé entre ambas y se me hizo natural transitar en doble sentido. Es más, durante mucho tiempo creí que todos lo hacían, que era lo común.

No viví las ciencias y la literatura como mundos opuestos. Entre ellas siempre hubo una preciosa continuidad. Por eso me sorprende que el hecho de que un matemático publique un libro que no es de matemáticas pueda parecer una contradicción. A mí, por el contrario, me parece una consecuencia lógica de estar vivo y de amar intensamente más de una manera de conocer el mundo.

Así como puedo decir que mis padres educaron mi conciencia y mis valores, también puedo decir que la ciencia educó mi imaginación, porque me acostumbró a pensar en metáforas del movimiento, del equilibrio, de las fuerzas que actúan sin mostrarse. Y las llevé naturalmente a las personas porque todos tenemos inercias, puntos de quiebre, reacciones en cadena, atracciones y resistencias.

Claro que las emociones no son literalmente fenómenos físicos, pero me acostumbré a mirarlas de esa forma, a buscar relaciones, patrones y consecuencias. Y esa, de alguna forma, también se convirtió en mi manera de vincularme con el mundo que me rodea. No es raro que piense en las personas que han pasado por mi vida y las analice desde una óptica física, que me pregunte qué fuerzas invisibles sostuvieron sus decisiones, qué pequeños acontecimientos desviaron el curso de su historia, qué miedos, deseos o lealtades las condujeron hacia ciertos lugares y las alejaron de otros.

Esa continuidad la puedo palpar en la lógica interna de ambas disciplinas: la matemática me enseña que existen estructuras invisibles que ordenan el caos aparente, y la literatura busca esas estructuras en la experiencia humana, porque todos tenemos una historia, pero también una estructura. 

Tendemos a pensar que la gente que estudia ciencias es más estructurada, "más cuadradita", decía mi profe de pedagogía, mientras que la gente de sociales es más flexible, más espontánea.

¡Sorpresa! Solo basta con observar para darnos cuenta de que todos (incluso la gente de sociales) estamos atrapados en estructuras, en esquemas que van trazando nuestra vida, como si fueran escribiendo una historia que creemos propia. Hay patrones en los modos de amar, en las pérdidas que se repiten y hasta en las formas de sobrevivir.

Y ¡sorpresa de nuevo! Lo contrario también pasa. Hay reacciones químicas que son espontáneas, hay sistemas que son permeables, hay elementos que presentan excepciones a las tendencias periódicas, y en nosotros (¿hay un nosotros?) tampoco todo está completamente determinado. No importa que seamos "cuadraditos"; también hay rupturas, desvíos que no se dejan anticipar del todo.

Es la herencia cultural la que nos enseñó a dividir a las personas entre "las de ciencias" y "las de letras". Pero la realidad suele ser más desordenada: no responde a un orden rígido, sino que se filtra y se contamina entre sí, como ocurre con los reactivos de un laboratorio cuando no los manipulás con cuidado.

Así que, para mí, ciencias y literatura siempre estarán irremediablemente unidas, porque fue la formación en ciencias la que me dio herramientas para leer y escribir de determinada manera, y la que ha marcado también mi gusto musical y mi gusto literario.

Por eso, cuando escucho a Serrano decir "vuelas como la risa", yo pienso automáticamente en la propagación del sonido; veo ondas sonoras atravesando el aire, algo que ocupa espacio y llega a otros. Esa lectura me nace de tener incorporada una forma física de mirar el mundo.

No me sorprendió saber que Serrano, antes de dedicarse exclusivamente a la música, estudió física en la universidad. Eso hace que sus metáforas se vuelvan únicas y se alejen del romanticismo más típico —ese de "eres el sol de mis días"— porque no solo son adornos bellos, son imágenes, formas de pensar la realidad desde su propio funcionamiento interno. Y ¿no es, en el fondo, eso mismo lo que hace la física?

Aún recuerdo que escribí un poema llamado "Principio de incertidumbre" después de estudiar el principio de Heisenberg. Así fue como conocí a Ismael Serrano. 

En realidad, ya había escuchado una canción suya antes, pero no lo había identificado. Sin embargo, un día, mientras descargaba música en la computadora con el viejo programa Ares, me divertía buscando canciones, escribiendo nombres al azar y viendo aparecer distintos temas con el mismo título, de diferentes géneros e intérpretes.

Entonces se me ocurrió buscar "Principio de incertidumbre", solo para ver qué aparecía. Y apareció una canción. ¡No lo podía creer! A alguien más se le había ocurrido escribir algo con ese título, y encima ¡lo había hecho canción! Aunque debo decir que no es de mis favoritas —tiene otras mucho mejores—, en ese momento me encantó encontrarla. Aunque más tarde llegué a pensar que la idea era tan potente y que Serrano la había desperdiciado en una canción que no estaba a la altura, me sentí contenta de saber que alguien más había tomado un concepto científico y lo había convertido en poesía.

Quizás por eso nunca me resultó extraño hacer lo mismo, porque los conceptos científicos me generan imágenes emocionales. Por ejemplo, cuando estudié gaussianas en Física II terminé escribiendo un poema de amor llamado "Gaussiana". Sé que suena nerdísimo, pero prometo que si tiene un sentido poético. 

Una superficie gaussiana es un constructo teórico que se usa en electrostática para estudiar cómo se distribuyen las cargas eléctricas y cómo estas generan campos eléctricos alrededor. No es algo físico que exista realmente. Y ¿no es acaso el amor un constructo teórico que nos sirve para dar sentido a lo que sentimos?

La gaussiana, además de ser una superficie imaginaria, es elegida por nosotros, será esférica, cilíndrica o plana, según la simetría de la distribución de carga, para simplificar los cálculos asociados con la Ley de Gauss. ¿No hacemos lo mismo con el amor? Los vínculos no nos son dados de manera rígida, somos nosotros los que vamos eligiendo y construyendo según lo que nos da equilibrio y sentido.

Quizás por eso la gaussiana me resulta profundamente metaforizable.

Quizás por eso nunca entendí del todo dónde terminaban las ciencias y dónde empezaban las letras.

Quizás por eso nunca me sentí obligada a elegir. 

Nunca fue un "dejar una cosa para abrazar la otra". Fue una reacción reversible, un tránsito constante en ambos sentidos, donde cada una transforma a la otra sin que ninguna desaparezca del todo, donde ambas coexisten en un equilibrio dinámico, como las preciosas reacciones que observaba cobrar vida en el laboratorio.

Las ciencias me enseñaron a imaginar lo invisible y la literatura me enseñó a nombrarlo. Y entre ambas fui armando, torpemente, mi propia manera de estar en el mundo. 

Valeria.





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