Te veo.
Escucho el silencio que arrastras.
Tus ojos confiesan el peso,
aunque hayas aprendido a esconderlo bien.
Te veo.
Tus pasos me dicen que duele,
aunque intentes disimularlo.
Tu carga pesa. Yo lo sé.
Hay algo en tu forma de estar en silencio
que dice más que cualquier palabra.
Hay algo en tu manera de sostener el día
que no pasa desapercibido a mi mirada.
Y me duele.
Me duele que nadie te haya dicho antes
que no tenías que sostenerlo todo solo.
Me duele que nadie haya aprendido a mirarte,
sin apurarte, sin corregirte,
sin reducirte a una nota.
Me duele que durante tanto tiempo
nadie alcanzara a verte de verdad.
Me duele que hayas creído
que tu historia no tenía lugar en la escuela,
que había partes tuyas que recortar
y dejar afuera.
Me duele que nadie te enseñara
que podías decir “no puedo más”
que podías decir lo que sentías,
que podías pausar y respirar.
No puedo quitarte esa carga.
No puedo salvarte del miedo.
No puedo cambiar el mundo que te hirió.
Pero puedo sentarme a tu lado.
Puedo escuchar tu silencio.
Puedo respirar con vos.
Por eso hoy te nombro, cariño.
Por eso hoy te digo: no estás solo.
Tu herida tiene testigo.
Tu silencio tiene oído.
Y entre tu voz y mi escucha...
se abre un respiro.
Valeria
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