lunes, 25 de enero de 2010

Valeria y la nuez.

Valeria odiaba la nuez.

Odiaba todas las nueces en general: desde la nuez mendocina, pasando por la nuez moscada, e incluso hasta la nuez de Adán.

Le parecían sobrevaloradas y pretenciosas, como si con solo decir “me gusta la nuez” uno adquiriera automáticamente un aire de distinción. ¿No era más accesible (y mucho más dulce) un alfajor?

Valeria amaba las cosas bellas de la vida.

Podía deleitarse contemplando el degradé rosa en la piel de un durazno, las tiernas orejitas de un cachorro o la perfecta simetría de una rosa.

Ella amaba los colores fuertes, los contrastes, la simetría, y la nuez le parecía fea y arrugada.

Es más, esa fachada seca y rugosa le recordaba a los internos de un geriátrico que visitó una vez, y nadie se deleita viendo esos rostros, ¿verdad?

Pero había más… Valeria odiaba la nuez porque ella era intensa… y la nuez estaba en el medio, como agua tibia.

Valeria vivía los extremos: le gustaban los salados bien salados y los dulces empalagosos; estaba muy gorda o muy flaca; amaba hasta los huesos u odiaba hasta morir. No paraba en todo el día o pasaba el día en la cama. Buscaba lo absoluto y despreciaba lo tibio.

Esa fruta desafiante, en cambio, no era ni dulce ni salada; era dura y a la vez blanda, y se adicionaba a las comidas en poca cantidad.

Una nuez era como un secreto mal contado: no era dulce ni salada, apenas un murmullo sin gracia, de esos que no hacen ni cosquillas.

Entonces, Valeria no podía amarla, y en su naturaleza no tenía cabida eso de gustarle algo solo un poquito.

Como los términos medios nunca los entendió, Valeria odiaba la nuez.

Como también odiaba el gris… hasta que un día…







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