martes, 26 de enero de 2010
VALERIA Y EL HOMBRE GRIS (parte 1)
Valeria odiaba el gris, lo odiaba con todo su ser.
Nunca vestía de gris, no había cortinas grises en su casa, tampoco sábanas, ni mantas, ni carteras, ni zapatillas, ni bolsos ni nada.
Lo odiaba desde chica, cuando se había comprado un vestido con flores y se lo mostró a su abuela.
El vestido era gris oscuro, con flores gris claro. Su abuela, desconcertada, preguntó: ¿Es para vos? ¡Cuántos años tenés, hija? ¡Ni yo usaría ese vestido!
Y allí Valeria los desechó de su vida para siempre: al vestido y al gris.
En ese entonces pensó: “Es color de abuelita.” Pero luego reflexionó: “Hasta la mía lo odia, así que ni siquiera es de cualquier abuelita… es color de abuelita aburrida.”
Y alejó el gris de su vida.
Pero había una razón más por la cual Valeria odiaba el gris: ella solo veía en blanco y negro.
No había escalas en su vida ni intermedios. No existía un “puede ser” o un “más o menos”.
Amaba con locura u odiaba con ferocidad. Era demasiado feliz o se quería suicidar.
No podía querer solo un poquito.
No podía enojarse solo un poquito.
Ni podía llorar solo dos lágrimas.
No podía entender que algo estuviera “medio mal”.
Algo servía o no servía.
Alguien se quedaba o se iba.
Lo que no era trofeo era basura.
Vivía en blanco o negro, hasta que un día…
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