Valeria odiaba el gris, porque solo veía en blanco y negro.
Se puede vivir en blanco y negro: Casablanca es la prueba.
Valeria pasaba sus días así, viviendo en blanco y negro… hasta que un día llegó a su vida el Hombre Gris, y Valeria no pudo verlo. ¡Él era tan gris!
¡Era tan extraño el Hombre Gris!
Podía amar un poquito a quien se portaba bien con él, o con más intensidad a quien lo amara más.
Podía disgustarse solo un poquito ante algún contratiempo, o angustiarse apenas un momento y volver a la vida normal.
Podía incluso manejar las más extrañas tonalidades: querer a alguien que merecía ser odiado, o sonreír ante un día que solo merecía ser borrado.
Y aunque Valeria no podía verlo, la presencia de aquel extraño se hacía evidente en cualquier lugar.
Al igual que la gravedad, él deformaba el espacio-tiempo a su alrededor.
La silla parecía ocupada, la cama parecía compartida y la puerta parecía entreabierta,
como si alguien hubiera pasado sin dejar huella.
Y aquel efecto se hacía extensivo a sus emociones.
No lo veía, pero su ánimo cambiaba: la tristeza era más ligera, la desesperación se volvía calma, la manía mutaba en una risa tenue y pasajera.
Ya no se enojaba hasta lastimarse, no pensaba en la muerte con furia ni se desbordaba en euforia.
Él marcaba un compás sereno donde antes había desorden, como si modulase sus emociones con un dial invisible.
Sentía su presencia y se desconcertaba.
Pasaba noches en vela pensando quién estaba allí.
Comenzaba a sentirse terriblemente contrariada ante aquella presencia que no se revelaba.
Pero también se sentía acompañada, porque percibía que él siempre estaba allí…
Pasaba noches en vela pensando quién estaba a su lado, aunque no pudiera verlo.
Pasaba noches en vela pensando quién habitaba su mundo en silencio.
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