domingo, 31 de enero de 2010

VALERIA Y EL HOMBRE GRIS – Parte 3

Valeria no podía ver al Hombre Gris, pero él sí podía verla a ella. ¡Y era tan extraña ante los ojos del Hombre Gris!

—¿Cómo se puede vivir en blanco y negro? —se preguntaba.

Y la curiosidad lo llevaba a seguirla, para ver cómo era esa vida sin matices.

Aunque, cuando notaba que ella lo percibía, él se asustaba.

Si Valeria descubría que la seguía, lo odiaría para siempre, y él no quería ser odiado incondicionalmente.

Solo quería acompañarla para poder experimentar, por una vez, la fuerza del negro, la claridad del blanco, la armonía de dos colores desnudos de matices.

Porque en la vida de un Hombre Gris jamás había dos colores puros. Siempre las cosas eran términos medios.

Así… Él nunca había amado incondicionalmente, nunca había odiado hasta matar, nunca había llorado hasta ahogarse.

Y mientras más miraba a Valeria, más deseaba sumergirse en ese mundo, sentir sus límites, vivir con intensidad. Pero temía manifestarse.

Valeria se enojaba con mucha facilidad, y sus enojos eran como huracanes. Aunque a veces la veía sumergida en ternura, siendo tan dulce, y entonces deseaba dejarse ver.

Deseaba sentir por primera vez en la vida un amor puro como el blanco, sin ninguna manchita oscura, sin una pizca de mezquindad, y deseaba vivir una pasión como el negro, infinita y total, que lo arrastrara sin retorno.

Pero aunque permanecía cerca, como una sombra constante, como un latido oculto, como una huella invisible, su existencia seguía siendo gris, invisible para Valeria, porque ¿no era acaso su naturaleza gris? ¿No esperaba en vano si ella nunca lo vería?

Y así pasaban los días para el Hombre Gris, sin darse cuenta que los matices de su amor lo iban transformando: del gris medio pasó al gris perla, el gris perla se volvió un gris plata, el gris plata se diluyó a gris humo, y así, mientras más la amaba, más se acercaba al blanco…

Hasta que un día, mientras la contemplaba… ¡Valeria lo vio!

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